EL SANTO GRIAL DE LEONARDO DA VINCI
- Carla Martínez Moreno
- 1 sept
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 14 nov
Hoy os llevo a Barcelona conmigo a hacer lo que más me gusta: buscar caballos en museos.
El CaixaForum de Barcelona es una localización conocida por su variedad de exposiciones de arte temporales. Hoy hemos visitado a Rubens y sus obras, pero hay una en particular que ha dado mucho que hablar. Una obra muy atrevida que, a día de hoy, sigue desconcertándonos.
UNA CIUDAD QUE TIENE MUCHO QUE CONTARNOS...
El Renacimiento fue una de las épocas más fascinantes y rompedoras de la historia de la Europa.
Florencia fue la cuna de grandes maestros de la historia del arte, cuyas obras siguen siendo ajenas al paso del tiempo.
Durante el siglo XIV, Florencia se sometió a revueltas internas y una epidemia de Peste Negra (año de Ntro. Señor 1348).
A pesar de que fue un siglo "movido" y conflictivo para la ciudad, también se asentarían las bases de lo que sería el "boom" del Quattrocento. A finales de siglo se fortalece como república mercantil y consolida su poder sobre otras ciudades toscanas.
La subida al poder de la familia Médici y su promoción del mecenazgo y su implicación en formar artistas fue determinante para la gran influencia que tendría la ciudad no solo para los estados Pontificios, sino también para Europa.

LEONARDO, EL HOMBRE DE LOS ADJETIVOS INFINITOS.
Nacido en Vinci, el niño de de las mil cualidades ya era"prodigioso" y destacaba por su gran creatividad y curiosidad por el entorno.
Llamó la atención de un mercader florentino y, años después, se mudó a Florencia, donde se formó en el taller del infame Andrea del Verrocchio.
Allí perfeccionó sus bases artísticas y, como el alumno que supera al maestro, posteriormente trabajó como mecenas para otros personajes influyentes coetáneos.
CARTA DE AMOR A SU SANTO GRIAL.
Leonardo tiene un estilo único, muy personal y expresivo. Muchas de sus obras son míticas y socialmente muy conocidas. Sin embargo, hay otras cuyo protagonismo no es tan notorio.
Hablemos de una de sus composiciones más atrevidas: La (perdida) Batalla de Anghiari.

¿QUÉ SUCEDIÓ?
Los Estados Pontificios se enfrentaban entre ellos constantemente por influencia y territorios. En junio de 1440, el conflicto por ganar territorios en la Toscana enfrentó a Milán (los opresores) y Florencia (apoyada por Venecia y los Estados Pontificios).
El conflicto duró a penas unas horas y el frente florentino salió airoso.
El desenlace consolidó el poder de la cuidad en la Toscana y frenó temporalmente las opresivas Milanesas.
Curiosamente, la batalla no fue sangrienta y casi no hubo muertos.
DE SUCESO A ENCARGO SOBRE PAPEL
El mural fue un encargo de la República de Florencia, que buscaba decorar el Salón de los Quinientos del Palazzo Vecchio con escenas que exaltaran su historia y su poderío militar. Leonardo debía representar la victoria florentina sobre Milán en 1440, mientras que en el muro opuesto, Miguel Ángel trabajaría en la Batalla de Cascina. Aquella confrontación de genios fue vista como una especie de “duelo artístico” que encarnaba el espíritu creativo del Renacimiento.
EL MITO PERDIDO DE LEONARDO
En la obra, no se representa toda la batalla, sino una escena muy concreta de ésta: la lucha encarnizada por un estandarte.
Si bien es cierto que en la batalla real se enfrentaron infantería y caballería, Leonardo lo lleva al extremo con su toque personal.
Cuatro jinetes y sus caballos se enzarzan en un combate feroz, un torbellino de músculos, gestos crispados y violencia contenida. Más que narrar el acontecimiento histórico, Leonardo buscaba capturar la intensidad psicológica y dinámica de la guerra, con un enfoque dramático y grotesco.

RELINCHOS Y PINCELADAS MUDAS
El paisaje brilla por su vaga presencia. El estandarte se agita, símbolo de triunfo y desafío, y en su centro, la batalla se concentra. Un corazón de caos palpitante habla de hombres y bestias en la lengua universal del miedo y la fuerza.
La composición destaca por su energía centrífuga: las figuras se entrelazan en un nudo compacto que transmite la inmediatez del choque bélico. A penas hay espacio entre los personajes, es casi agobiante. El instante es de tensión extrema y el contacto es muy invasivo. Leonardo lo exagera al máximo con líneas diagonales, entre mordiscos, cortes, amenazas y y miradas.
¿Oís las espadas bailando? Yo desde luego que sí.
Resuena un grito antiguo, el hierro choca y la brida se tensa, y en medio del polvo y del furor, los caballos relinchan la batalla.
Leonardo, ojo que todo ve, con sus manos y el lápiz detuvo el instante en músculos tensos, en ojos desorbitados, en crines que vuelan como llamas de un caos contenido. Unos muslos rígidos como cuerdas de guerra y brazos que quedan congelados en el momento de hacer cantar los metales de las armas
La tensión entre el poco espacio se acentúa en riendas cortas, orejas furiosas, ojos bien abiertos, manos levantadas y apoyo en los posteriores.
El sudor de los Florentinos y los Milaneses vuela en un instante atrapado por la mirada del genio.
No hay espacio para la calma: rostros crispados y grotescos, ojos que arden y lanzas se enredan en un torbellino de carne y bravura.
No hay héroe que sobresalga, sólo un nudo de cuerpos y alientos, un estandarte disputado donde la furia humana y equina se confunde en un solo latido. Los jinetes destacan tanto que, para percatarnos de la presencia de otros personajes, tenemos que desviar la vista al suelo.




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